martes, agosto 16

La Llorona: Itzel López

Itzel, en Maya, es el nombre con el que se conoce al lucero de la tarde, ese Venus brillante que asemeja una estrella cárdena en el horizonte cuando cae el sol. Mi Itzel es mi Malinche particular. La niña que me ata a México. Mi hermana. Un vértice de mi alma.

Y hoy lagrimea, Itzel.

Enferma de tristeza, pide acurrucarse al calor de mis brazos, largos, pero incapaces de atravesar los casi 9.000 km que separan Madrid de Xalapa. Imagino que uno se resigna a la distancia. Y le echaré un grito antes que nada. Y escucharé en el cel su voz aniñada y ese castellano lindo que ya solo se estila en sudamérica... Pero no, no me resigno al dolor. A mi pequeña le duele un pendejo desde hace tiempo. Y llora la llorona, con lágrimas de agua de jamaica después de dejarse coger por una rata. Soy un ser profundamente egoísta: Soporto el llanto y cohabito con la injusticia de esta edad de la historia universal, pero no sé convivir con el dolor de mi familia.

Llora, niña.

Llora hasta que amanezca y el lucero del alba me lleve a tu cama y acabemos con Él. Porque hay que acabar con él. Reventarle el corazón como él jironeó el tuyo. Atravesarle el orgullo de tu robada dignidad. Y que arrebole la mañana en su almohada. Y que la noche nos encuentre, hermana del alma, borrachos en una barra, brindando a tequilazos por el que se fue...


...fue Itzel quien me presentó a Ely Guerra, ese vestido rojo que aparece en la sombra por encima de estas líneas. Es nuestra banda sonora. Su rabia contenida y naif es la rabia nuestra. Su elegancia en escena, la geometría con la que entendemos el mundo... Esto es un caos, sí, y nosotros diminutas singularidades improbables. Pero a lo peor a lo que se puede enfrentar un pendejo es a una pareja de indeseables comprometidos a amar, más allá del dolor y la caída.

Llora hoy, mi niña. Que mañana sacaremos la navaja de nuestras sonrisas.






(2006, Córdoba, Veracruz)

<< ...recuerdo de aquel viaje a esa niñita que se dice con suerte: No habla demasiado si no le dan razones, y me dice que no crea todo lo que escucho ni diga todo lo que sé. Tiene genio y parece más dura que el sílex. Valiente, echá pa´lante… pero, en la parte interna de la piel, es puritita esponja de corazón destilando el perfume del cariño.

Día con día, en las escaleras de Palacio, fuimos contando las mañanas mirando impasibles el desfilar de funcionarios y ciudadanos. Ella agarró mi grabadora cuando lo necesitaba, agarró mis miedos sin que haya aprendido todavía a expresarlos y, juntos, compartimos la ausencia de un tercero engañándonos mutuamente para olvidar el llanto y convertirlo en un refresco, en una cheve o un paseo apenas entre el Sol y El Mundo, entre las estrellas y el concreto. Compartimos el oro líquido de una misma botella, los bailes y los abrazos que, al otro lado de la partitura y los altavoces, lleva escrita la música electrónica. Nos hemos dicho mil cosas sin pronunciar apenas una letra y en eso se soporta la balsa que nos llevaba a ambos por las calles de Córdoba sin saber qué tendrá el futuro y valiéndonos lo suficiente como para apagar los fuegos que buscan el incendio, al tiempo que encendíamos la hoguera que calienta las manos en las noches de frío.

Me llevó de conciertos para recordar como saltaba de chiquito. Me presentó niñas donde ahogar la paciencia y buscar el reflejo de la imagen que sigo viendo en sueños. Me echó fotografías, durmió en mi salón... tuve que llevarla en brazos varias noches y la he sentido en el pecho como se siente a un niñito a medio despertar. No compartimos sangre pero corre la misma savia por nuestras venas: Nos sabemos solos y nos sabemos fuertes; nos importa poco cómo hablen de nosotros mientras hablen; nos tenemos por la única arma para enfrentar batallas y, con una armadura de cristal encima, solo nos damos a quien sabe encontrarnos. Ambos vemos una sombra del otro cuando miramos detenidamente un espejo. La siento como una hermana aunque todavía no adiviné quién es el pequeño de los dos. “¿Qué onda, vida?”, “¿Dónde andas?”, “¿Voy a buscarte?”, “¿Cuándo me quemas los discos?”, “¿Una cerveza?”, “¿Un pacto?”, “¿Me dejarás ponerme triste”… NUNCA. Como una hermana, la siento tan cerca como ese tatuaje que un muchacho me dibujó en la espalda mientras la mano de Itzel agarraba mis nervios: u

Te quiero: “Es tan insoportable / reconocer el frío en tu voz / y la lágrima helada / al otro lado de tu piel, / que necesito / abrazar tu alma, / que tu frío es mi frío / y mis versos se desangran de nuevo / si los hieres con silencio, / o con miedo, / o, sencillamente, con rutina”. Cuídate y, por la noche, cuando tus sábanas y tú os quedéis solas, cuéntame el curso de tu aventura… te estaré escuchando. >>

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