07 abril, 2011

A veces aparece un documentalista... (1)


En el sudeste de Innsbruck, levantándose sobre una ladera, se puede ver un edificio compacto de muros blancos con una forma similar a un gran faro costero. Es el castillo de Ambras, uno de los monumentos históricos más importantes de la capital tirolesa, inseparablemente unido al personaje del archiduque Ferdinand II (1529-1595), soberano renacentista, mecenas de las artes y las ciencias centroeuropeas posmedievales, y un enamorado capaz de renunciar a la corona por la bella hija de unos ricos comerciantes de Augsburgo.

Pero este castillo y este noble centroeuropeo no son los verdaderos protagonistas: La clave, como siempre, reside en la mujer que inspiró el edificio y provocó la abdicación del Archiduque: Philippine Welser.

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Procedía Philippine de una adinerada familia de mercaderes alemanes que a mediados del siglo XVI dominaba el mercado mundial de especias y estaño. Era una joven de ojos azules, pelo oscuro y piel blanca como el alabastro. Un buen partido para los jóvenes europeos que, sin embargo, andaba haciéndose la remolona: En un solo año, Philippine llegó a rechazar a 28 pretendientes.

Ferdinand, por su parte, archiduque del Tirol, parecía más preocupado por las artes y la equitación que por las mujeres... hasta que conoció a la Welser. El encuentro tuvo lugar lejos de Innsbruck, en Augsburgo, durante una recepción al Emperador Carlos V (nuestro Carlos I). El heredero de Castilla, Aragón y América, era el tío del Ferdinand que nos ocupa y, así, fueron recibidos, Charlie y Ferdinand, con todos los honores que merecía su rango, en la casa de los Welser... Durante aquel banquete, el joven Ferdinand centró su atención en la mesa, más allá de las langostas, en la joven hija de los anfitriones. No ocurría entonces lo que el actual Príncipe de Asturias ha podido formalizar: A un noble le estaba terminante prohibido desposarse con una plebeya. Por ello, oliendo la explosión hormonal que empezaban a destilar Philippine y el Archiduque, el padre de la criatura decidió mandar a su hija lo más lejos posible, al castillo de Breznice, en Bohemia del Sur.

Sin embargo, en 1557, diez años después de que Ferdinand y Philippine compartieran mesa y miradas clandestinas por primera vez, se celebró en los bosques de alrededor de Breznice una partida de caza con la participación del Archiduque. La cacería fue un éxito y el vino comenzó a correr con generosidad en palacio. Vino + dos jóvenes enamorados "en edad de merecer"... ¿El resultado? De madrugada, una jovencita en camisón y un segundo fantasma, masculino éste con cinco escoltas dando tumbos y portando velas encendidas, se dirigieron a la capilla para oficiar una boda "prohibida": Al modo de las Vegas, la ebriedad pudo lo que la norma social impedía y el amor estaba obligando desde mucho tiempo atrás: "Ferdinand del Tirol y Phillippine Welser, yo os declaro marido y mujer". Tan solo esas 8 personas en la capilla de Breznice conocían el matrimonio...

Con todo, dado que en junio de 1558, nació el primer hijo de la pareja clandestina, Phillipine, para evitar ser descubierta, puso al bebé en la puerta del castillo y, saliendo sorprendida de sus habitaciones cuando el portero descubrió al recién nacido, fingió adoptar al niño abandonado. Agobiada por el teatro de su vida, poco tiempo después solicitó Phillipine una audiencia al emperador para solicitarle, como era costumbre, una súplica: Con su pequeño en el regazo, Phillipine anunció a Carlos V que el padre de ese niño era de procedencia noble y que, al ser ella solo una burguesa, su amante les tuvo que abandonar y renunciar al matrimonio... El emperador, sin sospechar nada, declaró que ningún padre podría ser tan severo para que la hermosura de su nuera no ablandara su corazón y no perdonara un matrimonio desigual: Sin conocer la identidad del padre, el monarca aceptó la unión.

Imagina lo que sucedió en el mismo instante en que Phillipine reveló al Archiduque Ferdinand como su amante: El rey del Tirol fue llamado inmediatamente a palacio y, aunque obligó a que el matrimonio permaneciera por siempre en secreto y quitó a los herederos de la pareja el derecho a la sucesión al trono checo y húngaro, se rindió Carlos V al amor (de casta le viene al galgo... fue su madre Juana la que se desvivió de amor por su Felipe), aceptó la convivencia de la pareja y les adjudicó una renta de 30 mil monedas de oro anuales. Los adolescentes enamorados triunfaron más de una década después de que saltase la chispa.

En 1564 subió al trono el emperador Maximiliano II, que mandó a Ferdinand al castillo de Ambras. En 1576, el primogénito de Philippine y Ferndinand, el "teatralmente abandonado" Andreas, cumplió los 18 años y debía ser nombrado cardenal, pero, ¿podía un niño encontrado en la calle pasar a ocupar un puesto de tal categoría en el nuncio católico? Pues sí, el Papa reconoció el matrimonio y, en Innsbruck, el enlace se hizo oficial (¡¡Casi dos décadas después de la primera boda y el primer polvo!!).

Eso sí, como en todas las historias de amor legendarias, cuando parece que la realidad firma un armisticio con la pasión, la tragedia se asoma a la ventana: Philippine murió en 1580, en una de las habitaciones de Ambras: 30 años de amor clandestino contra menos de un lustro de libre felicidad: Ferdinand ordenó un sepulcro a su esposa al escultor Alexander Colin. La imagen en mármol de Phillipine, junto a la de Ferdinand, descansan en la "Capilla de plata" de la Hofkirche, la iglesia Real de Innsbruck.


Y colorín colorado, el cuento ha comenzado...


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