domingo, julio 22

Síntomas de incosciencia (XXVI): Confesiones ficticias, amore



Roma no está fuera de mí, sino dentro de mí. Su febril dulzura, su campo trágico, su propia belleza y armonía... todo ello es mío, de mis pensamientos y de mis obras. Así describía Amedeo Modigliani su relación con la capital italiana, allá por los primeros años del siglo XX
En esa misma Roma, cien años después, vi yo por primera vez sus cuadros en una exposición temporal del Museo Centrale del Risorgimento, entre los restos no expoliados del anciano Foro, junto a la reproducción de la Loba -la etrusca y madre filántropa (algunos dirían "inconsciente") de los descendientes de Eneas-, y pared con pared con el esperpento del monumento a Vittorio Emanuele II. 
Allí compré una postal con este desnudo reclinado de Modigliani. Era un puente de diciembre y hacía mucho frío en Roma -Roma es así, muy fría o muy calurosa. Extrema. Adictivamente insoportable-. Frío como el frío que congeló el cuerpo de Jeanne Hébuterne en una carretilla la noche de enero en que se dejó caer de la buhardilla que compartía con Modigliani pocas horas después de la muerte del artista. Ese Modigliani bebedor y tuberculoso fue mi primer Modigliani. Anterior al Modigliani romano que se cruzó en mi camino aquella mañana de diciembre. 
Puede que en algún episodio previo y no recordado de mi adolescencia apareciera ya Amedeo, pero mi primer acceso consciente surgió en un libro de reportajes de verano, escrito por Rosa Montero para El País, sobre amores trágicos y legendarios en la historia Occidental. Cuando vi por primera vez, cara a tela, el lienzo de Modigliani en ese museo municipal de la cuesta de San Pietro in carcere, también yo creía en la lápida fría de la bohemia y también vivía el ocaso de una suerte de amor poco recomendable más allá de la inercia y de la carne. 
A las 6 de la mañana de ese mismo día había estado hablando con El Moisés de Miguel Ángel en San Pietro in Vincoli -un sacerdote me dejó pasar a la basílica con verdadera caridad cristiana, después de verme congelado en la plaza esperando que abriese sus puertas el templo a las 8:00, mientras él barría el suelo de la escalinata, antes de que llegaran turistas y devotos-. Frente a El Moisés descubrí que se puede hablar con ciertos seres no humanos: Hay quien habla con plantas, con animales, con el televisor... Yo hablaba en ese momento con papeles, piedras y telas. Y hablé con El Moisés con mucha resaca, como se habla con esos mejores amigos de las madrugadas. Horas antes había bebido demasiados caballitos de tequila mientras le contaba un cuentacuentos a Alice. Representaba en primera persona la historia de una pareja de narquitos mexicanos enamorados y muertos por el negocio, claro... Rondando los 20, no hay historias "de amor" sin tragedia. Y aquella noche lloramos mucho Alice y yo. Yo muy borracho. Ali muy sobria. Conscientes los dos de que aquello que habíamos llamado a-m-o-r había llegado a su fin. 
Y así se lo conté a El Moisés. Así creí que había gastado, después de dos oportunidades, cuanta leyenda sentimental tendría la opción de vivir: Tocaba, de ahí en adelante, un punto y aparte en el tránsito que, desde los 14, me había hecho volar de los versos de Neruda y Miguel Hernández hacia el francés de Rimbaud y Verlaine, con su bien de Werther de Goethe, el Don Juan byroniano, la llantina leopardiana y la belleza-verdad de Keats. 
Encontré en el desnudo de Modigliani otro Modigliani y otra nueva narración belográfica: En lugar de pensar en absenta, me dio por pensar en Brancusi; en lugar de encontrar a una prostituta mirando y exponiéndose a la transgresion, se me fue la cabeza a la línea perfiladora del Giotto, al color de las fieras y a cierta depuración que, mirando hacia atrás, puede ser uno de los impactos emocionales más potentes de los años que llevo dando vueltas por aquí. Claro que, sin apenas dormir, resacoso, sin fe en el mundo y después de confesarme ante una estatua de mármol de Carrara, no parece tan difícil construir un puente medio místico hacia cierta totalidad, arrancando en la diagonal que avanza desde la cabeza de la modelo, en la esquina superior izquierda del lienzo, para perderse a medio muslo en la esquina inferior: 
Desde entonces me vi, fuera del marco, haciéndole cosquillas a esta señorita en la cara posterior de las piernas, en ese valle que forma la unión del muslo con el gemelo, despacito, con la yema de los dedos, jugando en la cueva que se crea en la cara opuesta de la rótula... De ahí la sonrisa más que insinuada de la modelo en el retrato. 

"Dime, Pablo, ¿cómo cojones te puedes follar un cubo?", dicen que le preguntó Modigliani a Picasso una madrugada en París, a lo que el malagueño replicó, "¿Tú por qué me odias tanta, Amedeo?", "Te quiero Pablo, es a mí a quien odio". Ese es el odio que fui cultivando: Cierto nihilismo cínico. Cierta ironía destructiva. Cierta caída. / 

Harían falta un par de años de vuelta a Madrid para que una niña rubia reinventara una nueva leyenda, vacía desde el principio pero capaz de traer a las paredes de mi habitación aquella postal en una reproducción de 70x40cm. Fue en una retrospectiva del Thyssen y la Fundación Caja Madrid. Modigliani y su tiempo, o algo así. Traté de pintar un firmamento con pintura fosforescente en las paredes de mi habitación. Pero aquel odio cultivado había enraizado. La mentira comprometida era mi principio de acción: "Mentir a la nada, ese es mi único poder: ser un personaje. La verdad es que eres nada, pero una nada capaz de crear infinitas mentiras. Así que miente con elegancia, sé un compromiso". Eso escribía yo por entonces: pasé de adolescente romanticón embohemiado, a joven postmoderno y existencialista comprometido. El orgullo de la casa, vamos. Un tesoro: Etiquetado. Y Se acabó la rubia. 

Os confesaré algo. Por aquellos años me salvaron Sterne, Marías y Cervantes. Capitulé como poeta. Recapitulé. Fue el origen de un nuevo momento que, a fuego muy muy lento, tomaría cuerpo más allá del papel, las piedras y los lienzos. Más importante aún, al otro lado de los versos. Wilde sin frustración: Hay una posibilidad de hacer de la vida una obra de arte. Existe la posibilidad de hacer de la vida una obra de arte. Tenemos la opción de vivir felices. / 

El desnudo reclinado de Modigliani mira a la cama de mi dormitorio desde hace años. Esa reproducción veía diferentes desnudos reclinados y sudorosos en mi habitación cuando yo vi a la pantera por primera vez: Durante una exposición sobre el capítulo VI de la primera parte de El Quijote, ella se inventó un cuento que más de uno dio por real. "Bellezón... Qué cabrona más inteligente se esconde detrás de esa desconocida" -pensé. 
La verdad es que estaba hasta los cojones de escritores, poetas, musos y musas, por entonces. Con mis chicos, me declaraba NO-artista. En aquella vuelta a la universidad no había tiempo para hacer nuevas amistades en un mundillo que había caricaturizado en mi fuero interno. La extinción de la fe provocó cierto desplazamiento en el continuo temporal -que diría el Doctor Emmet Brown- y tuvo que pasar un año hasta volver a Verla. Un año hasta que un cigarro abriera la puerta a un nuevo pelotazo emocional. 
Y así fue. 
Así fue como empecé a hacer el amor con mucha más frecuencia que a hablar o escribir de amor. Así fue como follar no volvió a ser fallar. Así fue como, por primera vez en muchos años, una Mujer desnuda relevaba al desnudo reclinado del cuadro. / 

La modelo de Modigliani mira desde el cuadro en mi habitación hoy cómo cosquilleo la parte posterior de la pierna, desde el tobillo hasta el pliegue del culo, de una morena a la que regalo cada mañana el alma.
La obligación de ser feliz nació el día que, con Cervantes, Sterne y Marías, releí mi biografía con la intención de no morir ni matar en vida. Vaciarme fue con ella. /

Ahí sigue en la habitación "mi" Modigliani.
Roma es hoy mi familia.
La literatura un vehículo ocasional.
Y una relación sentimental el gran proyecto para hacer de la vida una obra de arte.

Perpetuar es despertar a tu lado, morena. La modelo no ha dejado de sonreír. Feliz. Porque la felicidad no está fuera de mí, sino dentro de mí. - escribió Modigliani - Su febril dulzura, su campo trágico, su propia belleza y armonía, todo ello es mío, de mis pensamientos y de mis obras. /

CODA: Mañana firmo en tu nalga izquierda. Pasado me pintas una flor en uno de mis lunares rojos. Al otro, invito a japo. Follamos. Fumamos. Recitamos. Cocinamos. Viajamos. Planeamos. Quedamos. Y así. Felices -una jodida obra arte-, nos vamos.


A Alice y María.
Y, sobretodo, a TI, que ya lo sabes.


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